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ARQUITECTURA
Y VEJEZ
por Juan Diez del Corral
1. Asilo prisión
Hace unos cinco años encontré en una revista
editada por el Colegio de Arquitectos de Extremadura
(Oeste 11/12, pag. 106) las plantas y las fotografías
de un asilo en Badajoz construido hacia 1983 en medio
del campo con la tipología de un panóptico
de nueve brazos (f1). El aislamiento del edificio respecto
a cualquier calle y el hecho de que los panópticos
hubieran sido las tipologías preferidas durante
más de un siglo para la construcción de
cárceles, me horrorizó en tal manera que
tuve que echar mano de la ironía para descargar
mi desazón: "ser viejo en estos tiempos
parece ser una maldición, pero serlo en Badajoz,
a tenor de la interpretación de este compañero,
ha pasado a ser delito" (comentario en ELhALL,
Boletín Oficial del Colegio de Arquitectos de
La Rioja nº 4, Abril 1995, pag. 2).
La imagen era ciertamente cruel, pero como pude comprobar
poco después consultando la Historia de las Tipologías
Arquitectónicas de Nikolaus Pevsner (ed. GG)
no era una exclusiva de nuestros tiempos. La propuesta
de Antoine Petit (f2) para el nuevo Hotel-Dieu (el hospicio
más conocido, y quizás también
el más espantoso de Europa) consistía
igualmente en una planta en panóptico con seis
radios, que a su vez parecía inspirada en una
planta de Hospital de Antoine Desgodets de finales del
siglo XVII o en el proyecto ideal de un hospital del
tratado de L.C Sturn de 1720. Claro que un asilo de
jubilados del último cuarto del siglo XX no es
lo mismo que un hospital neoclásico ni nada parecido
a una institución tan compleja como el Hotel-Dieu
parisino donde se amontonaban todo tipo de infortunados.
La elección de la planta radial de pabellones
con un sala central, estaba justificada en aquellos
viejos proyectos porque la sala central donde convergían
los pabellones funcionaba como una torre de ventilación.
Tanto para las prisiones como para los hospitales, el
famoso tratado de J.N.L. Durand, publicado a partir
de 1802, proponía tipologías ortogonales
articuladas en torno a patios o a series de pabellones
(f3), y reservaba la planta en panóptico sólo
para el uso de biblioteca por las posibilidades simbólicas
de la cúpula central (f4), espacio solemne que
se repetirá incluso en algunas de las bibliotecas
más famosas del siglo XX sin la necesidad siquiera
de extender el edificio mediante brazos radiales (como
la de G. Asplund en Estocolmo). Sea como fuere la influencia
de los tratados en las solucines finalmente adoptadas,
el caso es que la mayoría de los hospitales del
siglo XIX fueron construidos según la tipología
de pabellones seriados o articulados, pero no así
las cárceles dónde verdaderamente triunfó
la planta en panóptico por una simple cuestión
funcional: si el panóptico se define como el
edificio de pabellones radiales cuyo interior es visible
desde un sólo punto central, las posibilidades
de la vigilancia de los reclusos desde tan ventajosa
posición eran innegables. El citado libro de
Pevsner lo ejemplifica mediante unas cuantas prisiones
esparcidas por el mundo, con cuatro, cinco, seis, ocho
y más pabellones radiales (f5); pero dada la
proximidad visual de la cárcel modelo de Barcelona
no es necesario ir más lejos para establecer
la similitud entre una prisión de origen ilustrado
y el asilo de ancianos del que venimos hablando. La
única diferencia es que en nuestro asilo de Badajoz
el espacio central de articulación de todos los
pabellones no es un centro de control de entradas y
salidas de las celdas sino una capilla desde donde el
Dios cristiano católico (por seguir con la ironía
que descarga la desazón) administrará
la salida última de los ancianos hacia el más
allá.
2. Asilo boutique
Muy distante de la anterior, la segunda imagen de horror
respecto a la arquitectura de la vejez con la que trato
de abrir estas reflexiones, la encontré en las
fotos de los interiores de una Residencia de Ancianos
en Madrid construida en 1990, y concretamente en la
imagen publicada en la página 76 de la revista
Arquitectura nº 281 del Colegio de Arquitectos
de Madrid (f6). La estética minimalista y depurada
de este interior diríase que responde a las exigencias
de las tiendas o boutiques más caras de la moda,
por lo que cuando la ví por primera vez mi imaginación
se enredó en desentrañar las confusas
sensaciones que podría producir un ambiente así
en un anciano o una anciana española con todo
el duro siglo XX a sus espaldas. Los arquitectos siempre
publican sus obras en sus revistas de arquitectura sin
la presencia de gentes o de los enseres vitales que
precisan los edificios; los fotografían en general
como si fueran esculturas pristinas, por lo que en este
caso, la presencia de un decrépito anciano en
tan artístico ambiente se me hacía más
dicícil aún de imaginar que sus sentimientos.
No le ocultaré al lector la anotación
que hice bajo la foto para aliviar también mi
irritación: "pobres ancianitos, cuando vean
estas cosas pensarán que ya se han muerto..."
3. El asilo sin atributos
Tengo un ciento más de imágenes de la
pobreza arquitectónica de nuestro tiempo en los
edificios destinados a albergar a los ancianos, pero
estas dos que he traído aquí, la del asilo
prisión y el asilo boutique, son suficientemente
significativas no sólo de la indigencia de la
arquitectura moderna sino de la ausencia casi absoluta
de una reflexión previa sobre el papel del anciano
en la ciudad o sobre su condición de persona
que habita un lugar. En un fugaz repaso sobre los escasos
edificios de asilos publicados en las revistas de arquitecturas
de nuestro país puedo decir que nunca nadie los
identificaría como tales y que en las formas
de sus fachadas o de sus interiores sólo acogen
los tics formales del estilo del autor o del estilo
de la época, asemejándose por lo general
a informes masas de apartamentos turísticos o
descompuestos bloques de viviendas, cuando no a pulcros
edificios de almacenaje o de carácter neoindustrial.
La mayor parte de ese muestrario pertenece a arquitectos
sin mucho renombre, pero dos de los asilos más
conocidos por la fama de sus arquitectos, el de Blackheath
de James Stirling en 1960 o la Guild House de Robert
Venturi de 1961 bien podrían pasar por unos laboratorios
farmaceúticos o por un convencional edificio
de viviendas (f7 y f8).
En aquellos asilos previos a la modernidad, esto es,
anteriores a la Primera Guerra Mundial, aparecen sin
embargo un par de símbolos evidentes: uno, el
carácter de institución social o de gran
equipamiento comunitario diferenciado; y dos, la capilla
de la orden religiosa propietaria que suele presidir
la fachada y la ordenación de la planta. A partir
de esa fecha, y sobre todo después de la Segunda
Guerra Mundial en la mayoría de las residencias
para ancianos construidas por toda Europa, los edificios
carecen no ya de este par de símbolos, sino incluso
de cualquier tic estilístico del autor o de la
época. Son, con mayor o menor eficacia, pura
ingeniería de la funcionalidad en el almacenamiento
de ancianos (vease al respecto el manual "Viviendas
para la tercera edad" de Konrad Schalhorn, ed.
GG 1977). Una ausencia simbólica o ausencia de
arquitectura que Robert Venturi lleva hasta las últimas
consecuencias y la convierte en teoría cuando
acepta en "Learning from las Vegas" que su
edificio de apartamentos para ancianos sea feo y ordinario
por contraposición a los ridículos intentos
de una arquitectura heroica y original de un Paul Rudolph,
por ejemplo. El mérito de Venturi por teorizar
la banalidad es innegable pero quizás por ello
la historia de la arquitectura le ha condenado casi
al olvido o, mucho más perversamente, ha tomado
sus teorías como una originalidad más,
tan propia de un artista.
A tenor de esa ausencia de expresión arquitectónica
podría decirse que la vejez no constituye en
nuestros días un estamento diferenciado digno
de representación urbana. Los viejos en nuestra
sociedad no serían mas que habitantes con otras
necesidades de vivienda (por lo general con menos espacio)
y sus viviendas o residencias apenas se diferenciarían
de las de los otros grupos de edad. En la Historia de
la Vejez de Georges Minois (libro tostón donde
los haya) se cuenta que la Edad Media parece ser la
época en la que la vejez no está tan diferenciada
de las otras edades del hombre, y en que la vida aparece
más bien como una unidad sin separación
de etapas. No he llegado hasta nuestro siglo en su repaso
histórico de la vejez ni creo que llegue nunca
al final de los libros de Minois porque están
escritos como esos artículos de los suplementos
semanales en los que un periodista va yuxtaponiendo
las declaraciones de un chiquilicuatri con las de un
experto o con las de uno que no sabe nada del asunto
sin solución de continuidad; pero como observador
de mi época, me parece innegable que la vejez
es en estos tiempos una etapa de la vida clarísimamente
diferenciada por esa cesura llamada jubilación
o finalización de la actividad laboral y comienzo
del cobro de pensiones que los Estados del Bienestar
han fijado en la edad de 65 años.
Como demuestra la arquitectura de los últimos
cincuenta años, los ciudadanos de esa clase perfectamente
diferenciada socialmente no han tenido un puesto claro
en cada una de sus ciudades hasta que han descubierto
las ciudades turísticas del Mediterraneo y se
han instalado allí como sus ocupantes más
destacados. Ingentes masas de jubilados de Europa, a
quienes el brusco corte con su sociedad a través
de la desvinculación con el trabajo les ha producido
un notable desgarro o marginalidad social en sus propias
ciudades, ven con buenos ojos el inicio de una nueva
vida en lugares ajenos y anónimos bañados
por el sol. Diríase entonces que el viejo de
nuestros días es como un turista de poder adquisitivo
bajo pero permanente, un turista trescientos sesenta
y cinco días al año, un turista a dedicación
completa. Y que la arquitectura genuina de nuestro tiempo
destinada a la vejez no sería otra que la misma
arquitectura, anónima, convencional e informe,
destinada a las masas de turistas.
No sé que es peor, si ver a los viejos en un
penal como el de Badajoz, en una boutique como la de
Madrid o comprándose un apartamento en Torrevieja
(nombre sugerente donde los haya para pasar la vejez).
No sé si vale la pena buscar una redefinición
de los asilos como equipamientos urbanos o permitir
que los viejos se disuelvan como clase social mezclados
con los turistas. Los datos estadísticos o las
noticias de experiencias concretas pueden ser referencias
que nos guíen en la indagación. El País
del 14 de febrero del 2000 publicaba una página
dedicada al problema de la ubicación de los ancianos
españoles en la que se daba la cifra de que en
España hay 6,5 millones de personas mayores de
65 años y que entre ochenta o noventamil de ellos
(un 13% mas o menos) están en listas de espera
para tener plaza en residencias públicas. Según
los responsables de Asuntos Sociales, quienes buscan
plaza en esos asilos desean no alejarse mucho de su
barrio, de sus amigos o de su familia, o sea, seguir
arraigados a sus ciudades. Otro ejemplar de El País,
éste del 23 de marzo de 1999, traía como
reportaje la experiencia de 122 pensionistas malagueños
que habían preferido autogestionarse su vejez
construyéndose una residencia propia, ajenos
a las listas de espera de los asilos institucionales
o a las ofertas de apartamentos turísticos. Al
margen de las plazas del Estado o de las ofertas del
Mercado, la experiencia de los jubilados malagueños
tiene todos los aires de una Icaria o de una Comuna
anarquista, por lo que cualquier investigador social
que se precie ha de hacer un seguimiento detallado de
esta vía intermedia entre el asilo y el apartamento
turístico. Desgraciadamente he de decir que la
imagen arquitectónica que ofrecía la residencia
en cuestión no distaba de los habituales apartamentos
turísticos en ladera, aunque también es
posible que en su interior albergase alguna novedad
espacial.
4. Una teoría de la vejez
Incapaz de proponer por mi parte soluciones arquitectónicas
a los problemas así planteados, y escéptico
ante las soluciones que pueda aportar la cultura arquitectónica
de mi tiempo (una cultura cuyos rasgos más definitorios
son la abstracción de formas, la ausencia de
símbolos y la negación de la decoración),
yo creo que lo más pertinente es redefinir el
problema en su origen, esto es, hacer alguna aportación
a la teoría de la vejez en nuestro tiempo y sobre
todo atacar a ese brusco corte de los 65 años
que todo el mundo acepta como si de una imposición
divina se tratara.
En mi esquema de la vida humana, un esquema sencillísimo
que he buscado sin éxito por diversos autores
y obras a ver si ya lo habían propuesto, sólo
hay tres etapas claramente diferenciadas: una es la
anterior a la crianza, otra es la relativa a la crianza
y la tercera es la etapa posterior a la crianza; es
decir, me parece que la crianza o reproducción
de la especie es el acto central de la vida del hombre,
y que proponer otros centros como la vida laboral o
las cifras de unas edades determinadas, es sin duda
mucho más artificial y enajenante. Como artificial
y enajenante es la institución familiar prolongada
más allá de la crianza con fines tan dispares
como santificar el sexo para Dios o garantizar una cierta
asistencia social en la vejez. El periodo que va desde
que nos dejamos seducir por una hembra o un macho para
iniciar la reproducción hasta el momento en que
esos hijos creados por nosotros se van de nuestro lado
por cansancio, por edad o porque se han visto seducidos
a su vez por una nueva hembra o macho, constituye el
núcleo de la vida de los seres humanos. Antes
de él, uno está vinculado a sus progenitores,
durante ese periodo está vinculado a su pareja
y a los hijos; y luego..., luego..., bueno, esa es la
pregunta sin respuesta. Nadie ha sido capaz o nadie
que yo sepa ha querido definir e institucionalizar,
con un rito incluso, ese momento en que la crianza se
acaba y el grupo familiar se disuelve. Aún a
sabiendas de que la familia carece de sentido porque
ya no existe seducción alguna entre los miembros
de la pareja, y porque los hijos no nos necesitan para
nada, los hombres y mujeres de nuestro tiempo (o de
casi todos los tiempos) viven con la ilusión
de que el grupo familiar que se formó para la
crianza es indefinido y que, como tal, constituye una
aceptable salvaguarda contra la soledad. Acabada la
crianza, -completo así la definición de
mi sencillo esquema vital- los seres humanos ingresamos
en la vejez, naciendo como verdaderos individuos aislados
y diferenciados. Y ese renacimiento precisa, a mi juicio,
de una definición y un rito; precisa, por supuesto,
de una nueva arquitectura en la ciudad.
En las distintas épocas de la historia, esas
personas que han acabado la crianza, esos "viejos"
así definidos, se han dedicado con frecuencia
a los asuntos públicos, a los negocios, al pensamiento
o al retiro. La soledad (esa soledad que tendrá
expresión definitiva en la muerte) se constituye
en la clave de su existencia y tiene dos expresiones
antagónicas: bien la aceptación, mediante
el retiro de lo urbano (a un monasterio, al campo, -ahora
al turismo anónimo y masivo); o bien la negación,
mediante el estrechamiento de los lazos urbanos. Los
viejos son los que verdaderamente optan por la ciudad
o por su aniquilación, porque los otros, los
que están ocupados con la crianza, siempre antepondrán
los problemas de su núcleo biológico a
los problemas urbanos. Si el genuino ciudadano moderno
construido con Carta tras Carta de Derechos ha llegado
a ser un individuo perfectamente aislado e identificado
como unidad, ese individuo es sin lugar a dudas el "viejo"
una vez desvinculado del proceso de crianza. (De lo
contrario podríamos seguir dando por buena aquella
organización pseudodemocrática que Franco
estableció en sus Cortes con el llamado tercio
familiar: o los ciudadanos son parte de una familia,
-o de un sindicato, o del partido único- o no
son ciudadanos sino seres fuera de la política,
fuera de la ciudad; seres marginales.)
5. La ciudad vieja
Establecida esa nueva definición del viejo como
el verdadero ciudadano, es preciso que volvamos nuestra
mirada a la ciudad y a sus problemas arquitectónicos
y urbanos. Mientras que la arquitectura moderna iba
arrasando durante el transcurso del siglo XX cualquier
simbología de representación urbana, poco
a poco iba naciendo también una nueva sensibilidad
por lo que se ha dado en denominar con términos
bastante lamentables "el patrimonio histórico"
de las ciudades. Una de las inquietudes que definen
la cultura arquitectónica de nuestra época
ha sido la de tratar de respetar toda aquella arquitectura
antigua en trance de desaparición, toda aquella
arquitectura vieja que trajera a estos tiempos de disolución
urbana la simbología de representación
que tuvo en otros momentos. El interés por lo
viejo como significante urbano frente a la ingente masa
de bloques de viviendas de noventa metros cuadrados
destinadas a las familias en crianza, ofrece la interesante
sugerencia de enlazar a esos nuevos ciudadanos aquí
definidos y llamados "viejos", con esa ciudad
vieja que todavía está ahí subsistiendo
entre el marasmo de arquitecturas in-significantes.
Hasta hace muy pocos años, y antes de que las
descalabradas políticas sociales y urbanas de
los socialistas primero y de los populares después,
dieran al traste definitivamente con la vida del Casco
Viejo de mi ciudad (Logroño) metiendo indistintamente
bares, instituciones públicas o museos, podía
observarse que dicho Casco Viejo estaba mayormente habitado
por viejos, cuyos hijos, ya criados, se habían
ido a criar a su vez a los bloques de viviendas construidos
al efecto en el casco nuevo. Fue una situación
coyuntural y breve en la historia de la ciudad pero
muy interesante y tremendamente significativa. Parecía
natural y hermoso que los viejos vivieran en el Casco
Viejo y que los jóvenes se instalaran en los
barrios modernos. Cuando yo vivía en Barcelona
a comienzos de los setenta también recuerdo que
se decía que la población de la parte
vieja de la ciudad era mayoritariamente vieja.
En los innumerables Cursos, Seminarios, Jornadas y todo
tipo de publicaciones que se han producido durante los
treinta últimos años sobre el tema del
"patrimonio histórico" de las ciudades
no he encontrado ni una sola ponencia que tratase sobre
el fenómeno natural del envejecimiento y muerte
de los edificios como reflejo del propio envejecimiento
y muerte de los hombres. Así que tengo que hacer
a continuación un apunte apresurado de lo que
podría ser una ponencia sobre arquitectura y
vejez.
6.
Ruina y vejez
Ante un edificio viejo existen dos posturas irreconciliables:
1) la de quien propone su aniquilación, y 2)
la de quien postula salvarlo. Las razones que han movido
a quienes a lo largo de la historia han propuesto la
desaparición de los edificios han sido variopintas,
pero por lo general puede aceptarse que la principal
ha sido siempre la de la sustitución de una cultura
por otra: el cristiano construye la catedral derribando
la mezquita (el híbrido caso de Córdoba
tiene su gran atractivo justamente en su excepcionalidad),
la catedral renacentista hace caer la románica
(aquí la hibridación excepcional se sitúa
en Salamanca), etc. Mis mayores sorpresas estudiando
historia de la arquitectura me las he llevado al leer
el desprecio que desde una época de la historia
se hacía a la anterior: los renacentistas llamando
bárbaro a lo gótico; los neoclásicos
arremetiendo sin piedad contra el barroco; y ya no digamos
a Le Corbusier y los modernos despreciando a los historicismos
del XIX. Sólo en nuestra época parece
haberse detenido ese desprecio cultural a los viejos
edificios o las zonas viejas de la ciudad.
La vida de los edificios como un todo orgánico
es variable y para dar unas cifras de referencia, podría
oscilar entre los cincuenta y los quinientos años.
Es difícil encontrar un edificio que mantenga
sus mismos usos, sus mismos signos y su estabilidad
constructiva por encima de esa edad. Además de
ello, a lo largo de la vida de un edificio, éste
ha de soportar sucesivas operaciones de mantenimiento
y conservación que o bien le pueden mantener
en su esencia original o bien pueden dar al traste con
ella. Las reformas sobre un edificio viejo han dado
lugar a teorizaciones sobre "la intervención
en el patrimonio" que se han prodigado estos años
entre los partidarios de la segunda postura antes definida,
esto es, la del no derribo del edificio; y que a la
postre se han definido en torno a dos actitudes más
o menos claras proporcionadas por dos grandes figuras
de la cultura arquitectónica del siglo XIX: Ruskin
y Viollet le Duc. Mientras la actitud del primero sería
más o menos la de momificar al edificio viejo
como a un faraón para que viva eternamente, la
del segundo estaría más en la línea
de hacerle todo tipo de intervenciones quirúrgicas
y cirugías plásticas para que parezca
más o menos lo que fue en su juventud. Sesudos
arquitectos debaten caso por caso el acierto de una
u otra postura en cada edificio concreto con sus estrechas
miradas de entomólogos o de coleccionistas, sin
plantearse en ningún caso que la totalidad orgánica
del edificio ya ha desaparecido porque ya no hay dioses
que lo habiten o ni siquiera hombres que lo entiendan.
Los edificios pasan a ser otras cosas dentro de la ciudad,
-por ejemplo dejan de ser palacios habitados por señores
para convertirse en museos visitados por turistas, etc.-,
siempre y cuando una poderosa razón económica
no mueva a su aniquilación absoluta. Nuestra
declaración de ruina, o sentencia de muerte de
un edificio, obedece en la actualidad no a razones de
renovación cultural sino a razones económicas.
La ciudad que va dejando vivir a unos edificios y mata
a otros ya no es tanto un marco de representación
social y cultural o una plaza estratégica y militar,
sino sobre todo un mercado económico en el que
no sólo los edificios, sino sobre todo los solares
que ocupan, tienen valores o alcanzan cifras absolutamente
determinantes sobre la vida de los edificios. O dicho
de otro modo: la salud y la vida de un edificio como
un todo orgánico ya no está ligada a la
vida de los hombres que lo construyeron o a los hombres
que lo mantienen sino a las variables de un mercado
que genera la ciudad como sistema económico autónomo,
y cuyas leyes están siempre por encima de las
otras razones de los hombres (véase también
mi artículo: De la muerte de los edificios).
A caballo entre los siglos XX y XXI, empezamos a saber
que la vida de los hombres está ligada a un mapa
genético que parece que vamos a ver en breve
y a una crianza que se aventura sustituible por la programación
genética. La muerte de los hombres está
aún ligada al azar o a programaciones genéticas
de degeneración de las células o de los
órganos vitales que los científicos se
afanan por desentrañar. Por su parte, la muerte
de los edificios depende de su propio valor funcional
en relación con las operaciones de reconstrucción,
-tal y como establece el principio legal de la declaración
de ruina- o, al margen de ello, del valor económico
del solar que ocupa dentro del organismo de la ciudad.
Y la vida de los edificios, por último, estaría
mas bien ligada a una primera funcionalidad o a una
prestación de servicios comparable con lo que
aquí venimos denominando crianza.
Pues bien, al menos en la era anterior a la programación
genética, edificios viejos y hombres viejos serían
todos aquellos que hubieren acabado su ciclo de funcionalidad
o de reproducción y estuviesen a la espera de
que una ley económica del mercado de la ciudad
acabase en demolicion o a que una gripe asiática,
un infarto o cualquier otro mecanismo de aniquilación,
diese con nosotros en el cementerio. Cuando digo que
tales edificios y tales hombres pueden llegar a entenderse
por afinidad de destinos, y que esa idea es hermosa
y sugerente (f9), ha de entenderse que quiero negar
para mi época la existencia de una arquitectura
específica, de una arquitectura nueva que acoga
a los viejos.
El panóptico, la boutique o los apartamentos
de la playa no serían deleznables por sus tipologías,
por la abstracción formal, o por su convencionalidad,
sino sobre todo porque son edificios nuevos.
7. Conclusión
Como elemento urbano no inmueble, el coche tiene también
alguno de los atributos de un edificio. Mi viejo padre
tiene un Rover 2000 de hace más de veinte años
que siempre tiene alguna avería. Hace algún
tiempo le decía que lo cambiara por uno nuevo
hasta que un día me dí cuenta de la belleza
de la historia: "mi coche está tan viejo
como yo -me decía cada vez que le preguntaba
por el estado su estado de salud o por las averías
del coche-, pero creo que soy yo el que le voy a sobrevivir
y que ya nunca me compraré otro".
El viejo mas sabio es el que ha sobrevivido a su coche
y no pertenece a la casa en que duerme. El viejo más
viejo es el que ya no tiene una casa, sino que ésta
es su ciudad.
Así que debemos cuidarlos como nuestro mayor
"patrimonio urbano" y evitar que emigren al
sur o sean encerrados en una institución porque
como decía Temístocles, hace ya mucho:
"sólo la ruina nos preserva de una ruina
mayor".
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