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SUPERESTRUCTURAS
DE INFRADISEÑO
Juan Diez del Corral
La
forma de la ciudad, y hasta la del territorio van siendo
poco a poco, y en mayor medida, las propias formas de
las infraestructuras del tráfico rodado, pues
dado el tamaño cada vez más grande de
éstas y su prioridad en la jerarquía funcional
de la ciudad o del territorio, hace tiempo que los puentes,
autovías, circunvalaciones, cruces, señalizaciones,
rotondas etc. etc. han dejado de ser meras "infra"
estructuras para convertirse en verdaderas "super"
estructuras formales configuradoras del paisaje urbano.
Sorprende
por tanto la poca atención que la sociedad en
general o la crítica arquitectónica y
artística en particular les dedican en cuanto
a su diseño, como si por el hecho de que fueran
estrictamente "funcionales" no estuvieran
abiertas a la creación formal, o por el hecho
de que por ser profesionalmente competencia de los ingenieros
quedasen al margen de la cultura del proyecto. Una cultura
que, -me adelanto a señalar-, no debemos creer
que tiene que ver solamente con los aspectos estéticos
del proyecto sino, tal y como voy a tratar de demostrar
en el presente artículo revisando algunas obras
recientes en Logroño y La Rioja, con la propia
resolución de los problemas funcionales.
La
cultura del proyecto, es decir, la de la creación
humana que se formula como respuesta a un programa de
necesidades y que se constituye en base a una serie
de propuestas que inmediatamente entran en un proceso
de ajuste, desarrollo y debate interno, entre otras
cosas porque la propia propuesta formal se dialectiza
de inmediato con el programa de necesidades previo,
es una cultura que, hay que decirlo con la mayor tristeza,
parece que sólo es patrimonio de la disciplina
de la arquitectura, y por supuesto, no de toda, sino
de una muy pequeña parte de ésta, y que,
por supuesto, no tiene nada que ver con esa arquitectura
de las revistas de moda que procede con las mismas estrategias
que las obras de la ingeniería. Cierto es que
la mayor parte de la producción arquitectónica
de nuestros días no difiere en sus procesos de
la ingeniería más alejada de la cultura
del proyecto pero, como digo, la esencia de la cultura
del proyecto no hay que ir a buscarla en los arquitectos
de relumbrón (auténticos maestros de la
ingeniería de su publicidad en las relaciones
con los mass media) sino en los pequeños actos
que, cada arquitecto que no haya olvidado lo que se
le enseñó en la escuela, pone en práctica
de tanto en tanto en su cotidiano trabajo de creación.
Pero vamos con la simple aplicación del método
del proyecto (que no es otro que el método crítico)
a algunas obras recientes de la ingeniería de
calles y carreteras en nuestra provincia para ver hasta
que punto se hace necesaria.
Por
ejemplo, y para empezar, analizaremos el caso del diseño
de rotondas. Sería interesante para la historiografía
local saber quién fue el político o el
funcionario riojano que descubrió en algún
viaje por Europa la utilidad de las rotondas en los
cruces de calles y carreteras y el entusiasmo con que
las aplicó en nuestra tierra, y no tanto para
aplaudirle como para decirle que todo diseño
que pretenda resolver un problema, no sólo posee
una forma geométrica concreta, sino también
unas determinadas proporciones que, de ser transgredidas,
ya no sólo no resuelven el problema original
sino que crean otros nuevos aún peores que los
que pretendían solucionar.
La
rotonda es un diseño estupendo que resuelve el
cruce de carreteras según el lógico principio
de que para dar fluidez a un cruce donde llegan muchos
vehículos desde cuatro vías distintas,
no hay más que ceder el paso al que ha llegado
antes sin aprovecharse de tu fila (véase Ciudad
y Transportes. El caso de Logroño, jdc rev. Archipiélago
n.11). Un principio que se aplica en Nápoles
sin necesidad de las rotondas, pero que franceses, alemanes
o ingleses, parecen incapaces de entender sin una fórmula
indicativa y organizadora de por medio. Esa fórmula,
la rotonda, resuelve el problema de las prioridades
cuando sus dimensiones tienen determinadas medidas,
pero cuando esas medidas se sobrepasan, dando lugar
a círculos gigantes con dos o más carriles,
el problema no es que se solucione sino que se multiplica.
La rotonda se convierte entonces en una nueva vía
rápida de circulación para el que ha entrado
en ella, con el consiguiente peligro para el que se
quiere incorporar, así como una vía cortísima
para quien quiera maniobrar entre sus carriles, viéndose
forzado a cruzarlos en peligrosa diagonal. Y si a ello
le añadimos unas barandillas que impiden la visibilidad
desde ciertas vías cuando te acercas a la rotonda
(como en la de circunvalación con república
Argentina o con avenida de Madrid) o una jardinería
de arbustos (en varios casos), o unos descentramientos
de ejes que parece que la rotonda es tu propia vía
(como en la rotonda de circunvalación con la
carretera a la Estrella viniendo de Pamplona), hay que
decir que la mayoría de las rotondas que se han
construido (que no diseñado) durante los últimos
veinte años en Logroño son un verdadero
despropósito, ante el que los arquitectos (o
los que quieran debatir a fondo sobre los proyectos)
no podemos quedarnos cruzados de brazos sin por lo menos
hacer una crítica.
Podría ser que
los ingenieros dieran escasa importancia a las rotondas
en cuanto a su diseño por ser para ellos poco
menos que asuntillos sin importancia, y que todo su
empeño se hubiera volcado en resolver cuestiones
mayores como, por ejemplo, la gran trama de embarques
y desembarques que plantea la gigantesca circunvalación
con que trató de resolverse el conflictivo nudo
de la Estrella, pero si analizamos fríamente
todo el lío de entradas y salidas de la circunvalación
no ya sólo en ese cruce sino en los que le anteceden
por el oeste, comprobaremos que la obra más cara
de la historia de la Rioja ha sido también la
más torpe en diseño y la más confusa
en su resultado. Y es que después de un par de
años en funcionamiento, los únicos que
deben saber cómo se sale de Logroño hacia
Zaragoza han de ser forzosamente los que no son de Logroño
o los que no tienen sentido de la orientación;
y los que acierten a entrar en Logroño por la
rotonda y vía que tenían pensada, se han
que sentir como si les hubiera tocado la lotería.
La razón de tal
calamidad es plantear una circunvalación de alta
velocidad en la que para evitar la coincidencia de entradas
y salidas en cada tramo entre intersecciones, desde
Alcampo hasta la Avenida de Madrid éstas se resuelven
haciendo una de entrada y otra de salida, con el consiguiente
lío y despiste para quien trate de maniobrar;
y desde Avenida de Madrid hasta la carretera de la Estrella
se duplican innecesariamente por arriba y por debajo,
despistándote nuevamente. Llegando de Zaragoza
todavía no he conseguido coger la Avenida de
Lobete, aunque no desisto de ello y confío en
que algún día lo logre, aunque entrando
a Logroño desde la Estrella ya he desesperado
de querer entrar por Lobete para ir directamente de
un hospital a otro, y me doy por perdido.
Todas esas vueltas y
revueltas en salidas y entradas que te obliga a hacer
el pésimo diseño de la circunvalación
ultrarrápida, no sólo suponen un consumo
de espacio impresionante (aunque se pinte de césped
y se compute como nuevas zonas verdes de la ciudad....)
sino que acaba por colapsar las entradas priorizadas,
de modo que la rotonda de la circunvalación con
Chile ya empieza a ofrecer notables atascos en varias
de sus bocas.
De haberse estudiado
un poco más a nivel de diseño ¡con
todo el presupuesto que se le había destinado!
la homogeneidad de la trama urbana en su encuentro con
la circunvalación (y ahora se me entenderá
que no hablo de diseño de ornamentación
y embellecimiento, sino de "diseño estrictamente
funcional"), no se habría cometido tamaño
desatino, pero ahí lo tenemos desorganizando
a otra escala el trasiego de Logroño entre los
tres hipermercados-plazas como si de una destartalada
y nueva Gran Vía Juan Carlos I se tratara.
Por no extenderme mucho
y acabar con las circunvalaciones, recientemente he
visto publicado en el diario local la variante de Tirgo
(reproduzco aquí el gráfico), y conociendo
de primera mano el tráfico de las vías
de intersección no he podido sino echarme las
manos a la cabeza una vez más ante la desproporción
entre el problema y la solución. (Es de esperar
que el autor del gráfico haya mezclado las escalas
sin advertirlo porque, de lo contrario, las estructuras
de los cruces serían más grandes que toda
la trama urbana del pueblo que ser pretence circunvalar...,
que todo puede ser)
En aras a la brevedad
dejo sin comentar algunas obras cuya torpeza es tan
manifiesta que no precisan más argumentos, como
la reforma del Puente Madre con toda la fila de chupa
chups a un lado, los peligrosísimos cortes a
cuchillo de las cunetas de las carreteritas más
estrechas a que nos tiene acostumbrados la Consejería
de Obras Públicas con el estúpido argumento
de que la vegetación se comería si no
la calzada, por no hablar de un sinfín de cruces
de entre los que el de Casalarreina ha sido tristemente
célebre; y acabaré esta llamada de atención
a la calamidad del diseño de las infraestructuras
con una mención especial para los dos últimos
puentes "colgantes" "o cableados"
(cabreantes, habría que decir más bien)
de Logroño, el del Iregua y el de las Norias,
profusa e ilustrativamente iluminados como si se tratase
de los nuevos momumentos urbanos, y que según
se puede ver aún en el primero, y se pudo ver
durante la construcción del segundo, todo el
"cuelgue" no es más que un carísimo
adornito (un "cuelgue" de los de canuto) con
el que la ingeniería quiere salir en las revistas
de la moda al lado de las grandes vedettes de la arquitectura.
Dada la dimensión de los tableros y la economía
de medios que toda arquitectura debe de intentar, es
obvio que estos dos engendros han hecho del tercer puente
sobre el Ebro, (justamente el que lleva al Carrefour
navarro -para desdicha de los que le negaron la licencia
en Logroño) una obra pública mucho más
digna y sencilla, y por tanto, mucho más meritoria
arquitectónicamente hablando.
Pero no nos rasguemos
aún las vestiduras porque si faltas de diciplina
de proyecto están las nuevas vías de la
ciudad y el territorio, ¡que no podrá decirse
de las superestructuras comerciales o plazas
a las que nos llevan, en las que los ingenieros se las
tienen que ver con cubiertas, fachadas, entradas y hasta
decoración interior!... ¡ay! ¿no
va a haber algún colaborador del hAll que abra
con ellas una nueva colección de abandonados,
o incluso de, desamparados de la arquitectura?
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