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LAS
VERDADERAS FOTOS DEL LUGAR ATOCHA
por Juan Diez del Corral
Las revistas de arquitectura mienten con descaro
y transforman la arquitectura en algo que no es.
Mienten hasta la saciedad
y con la mayor perfección: convierten la arquitectura
en imagen y mienten luego transmitiendo una y otra vez
las imágenes en que han convertido la arquitectura.
Pero la arquitectura
de las imágenes es puro espectáculo y
artificio, y cuando la representación acaba,
el lugar de la representación es pasto de la
desolación.
Así la estación
de Atocha de Rafael Moneo.
Mala suerte ha tenido
siempre el lugar Atocha. Así dice Javier Frechilla
en su documentado estudio publicado en la revista Arquitectura
n. 255, págs. 50 y ss., sobre el concurso del
año 1985 para la remodelación de la estación,
al explicar los problemas de encuentro del Paseo del
Prado con la puerta de Atocha y con el hermoso tridente
barroco de paseos extramuros del sur de Madrid. La torpeza
del Hospital General parecía ser una de las causas
(ilustr. a) , y la falta de decisión de acometer
la realización de una plaza que los resolviera,
tal y como proponía Fernández de los Ríos,
la otra (ilustración b). Misma suerte corrió
el proyecto redactado por el arquitecto Sánchez
Pescador, en el que la primitiva estación recibía
en paralelo un salón urbano, que tampoco se llevó
a efecto (ilustración c).
Pedro Navascués,
en las Estaciones Ferroviarias de Madrid, pág.
82 (de donde está obtenida la tercera ilustración)
achaca los males del lugar a la Real Orden de 5 de marzo
de 1890 por la cual la estación de Alberto de
Palacio debía acercarse aún más
a la ciudad que el antiguo "embarcadero" -como
así se llamaba a la vieja estación del
tren a Aranjuez- al que viene a sustituir, cubriendo
el arroyo Carcabón que lo separaba de la puerta
de Atocha y quedando definitivamente hundida respecto
a su entorno urbano.
El famoso scalextric
de la plaza de Atocha (que los bienpensantes rehabilitadores
se apresuraron a desmontar en cuanto murió su
constructor), más que a enturbiar el infortunio
del lugar, contribuyó muy mucho a ocultarlo.
En aquellos tiempos de alegría en el progreso,
los cruces de coches se resolvían con pasos elevados,
de manera que con ellos ya no sólo no se veía
bien la estación, sino que ni siquiera se veía
su reloj. Otra suerte hubiera corrido el lugar si se
hubieran resuelto los cruces de los coches con pasos
subterráneos, como se hace ahora. Pero el scalextric
lo desmontó Fernández Alba haciendo tabla
rasa de las calles y volviendo a demostrar que la estación
de Alberto de Palacios era un arco del triunfo semienterrado
al que se entraba malamente de costadillo.
Como los arquitectos
y los críticos (?) de arquitectura siempre arriman
el ascua a su sardina, Javier Frechilla insinúa
en su trabajo que los males de la nueva estación
pudieran estar en las exigencias de unas mencionadas
bases del concurso que al parecer redactó una
Comisión de seguimiento de la Operación
Atocha, compuesta por consejeros y otros capitostes
entre los que se encontraban Eduardo Mangada y Jesús
Espelosín. Unas bases que al parecer no fueron
puestas en entredicho por los concursantes, toda vez
que el concurso fue por invitación y que el premio
era demasiado jugoso como para empezar jugando a perder.
Tenemos así a Navascués y a Frechilla
exculpando a los arquitectos en lo esencial de su trabajo,
para hablar luego con alegría de sus filigranas
formales.
El resultado final de
los trabajos de comisiones, arquitecto y críticos
ha sido un lugar collage (ilustr. d), pretendidamente
cosido por una entrada en templete circular que curiosamente
alberga en su interior un ¡escalextric peatonal!
tan desolador si no más que el que había
en el exterior de la estación (ilustración
e). O dicho de otro modo: un no-lugar, como los que
define Marc Augé, con la misma ininteligibilidad
de un aeropuerto.
Para explicar esa desolación
en que el lugar Atocha se ha visto sumido una vez más,
e incluso para denunciar las incoherencias propias del
proyecto de Rafael Moneo, he elegido el mecanismo de
las fotos verdaderas, esto es, el de aquellas imágenes
anodinas obtenidas al paso de un transeunte que intenta
encontrar una estación de tren, y finalmente,
bien el tren, o bien la ciudad.
Pasemos pues, sin más,
a comentarlas.
¿Por dónde se entra?
Lo mismo que le pasara en el Ayuntamiento de Logroño,
Rafael Moneo se ha vuelto a olvidar de las puertas del
edificio, recurriendo, en cambio, a dos mecanismos de
acceso completamente contrapuestos pero igualmente lúgubres:
el uno es el de las rampas scalextric, el otro, el de
la llanura vacía. A ellos dos, habría
que añadir como entrada el de los aparcamientos
de vehículos, auténtico lugar de acceso
e intercambio entre el edificio y la ciudad, es decir,
"puerta".
La foto 1 ilustra la
ridícula rampa que une el gigantesco paso peatonal
sobre la plaza de Atocha y la vieja marquesina de Alberto
de Palacio convertida en un espacio residual con palmeras,
donde no hay estación, ni trenes, ni nada. Por
cierto, la rampa no lleva a la estación sino
a unas dependencias cerradas, por lo que mejor no cogerla.
Las fotos 2, 3 y 4 muestran una llanura tan agresiva
que puesto que no lleva a puerta alguna (mismo caso
que en el Ayuntamiento de Logroño) vuelven a
traernos el recuerdo de un pasaje kafkiano: "ya
que construyen plazas tan grandes por puro capricho,
¿por qué no construyen también
una balaustrada de piedra que sirva de guía a
través de la plaza?". Volveremos a la foto
4 cuando tengamos que encontrar la salida de la estación.
El intercambiador de la ilustración e (procedente
de la rev. El Croquis 36, pág. 76) no es ni mucho
menos tan original como han pretendido los exégetas
de Moneo: los accesos al metro de Moscú se hacen
en numerosas ocasiones mediante este tipo de edificación
circular, sólo que sin tanto boato constructivo
ni, por supuesto, tal lío interior de escaleras.
Pero es que lo de las escaleras es algo que trae a mal
llevar a nuestro maestro de arquitectos. Vease si no
la foto 5: si por error algún viajero entra en
ese viejo espacio de la estación y ve que no
hay ni estación ni trenes, aún tiene la
posibilidad de engancharse a ese nuevo scalextric situado
en el extremo por donde antes entraban los trenes. La
terraza del bar, hábilmente situada debajo de
las rampas de la escalera tiene el sello inconfundible
de su autor en cuanto campeón de la degradación
urbana de los lugares de estar.
Las siguientes fotos
(6, 7 y 8) muestran lo importante que es guardar el
coche privado con el que se llega al tren público.
Un sinfín de cupulitas (kanhianas (?) dice Frechilla...)
ocupa el techo de la estación de cercanías
(foto 6) explicitando que la ciudad queda arriba y el
tren abajo, aunque la conexión entre uno y otro
nivel sea ininteligible y los peatones o viajeros anden
entre las perdidas escaleras que los conectan con gestos
de preocupación. Pero eso no es nada comparado
con el segundo aparcamiento, que encuentra techo, nada
más y nada menos, que en los mismos solemnes
artefactos que los propios trenes de alta velocidad
(foto 9). La confusión es en este caso tan evidente
que no merece comentario crítico. Y por no hablar
de la submarquesina de la foto 7...
En la estación
Bien por las rampas susodichas o acaso por alguna puerta
indiferenciada en la llanura, accedemos a la estación
propiamente dicha, donde compraremos los billetes y
esperaremos a los trenes o a los viajeros. La altura
de esos espacios intermedios es confusa, pues no se
corresponde con sus características. Parece un
almacén iluminado por sórdidas luces industriales
que dibujan con los suelos un incómodo encuentro
de mallas (fotos 10 y 11). La foto 12 muestra el punto
de conexión (o más bien de separación,
pues la cristalera es impracticable) entre la estación
de cercanías y la de largo recorrido, que se
diferencian porque en la primera los bancos son circulares
y corridos, y dan la vuelta a los pilares, mientras
que en la de largo recorrido son "de diseño"
y se disponen en batería.
Merced a nuevos scalextrics peatonales, podremos descender
hasta los trenes encontrándonos, en el caso de
cercanías, directamente en unos andenes tipo
ferrocarriles metropolitanos, o en el caso de los de
largo recorrido, en una enorme plataforma donde la inclinación
del suelo, la pobreza del techo, la diagonalidad del
espacio y las exageradas proporcionaes resultan completamente
desconcertantes (fotos 13 y 14). No es de extrañar
que en ese ámbito tan lamentable traten a los
pasajeros como delincuentes y hayan instalado unos controles
para el embarque en el AVE que alejan a los acompañantes
de los viajeros antes de montar en el tren.
Junto al tren
Sólo el viajero del AVE o el usuario de trenes
de menor pelo ingresará en ese fastuoso espacio
tan elevado tan elevado, que no acierta a encontrar
más que un cerramiento lateral (fotos 15 y 16)
por lo que en días de viento es un infernal ventisquero
(como si ahora los trenes fueran de vapor...) donde
la sensación de abrigo, o de porche y umbral
de la ciudad que debiera poseer la estación,
se pierde irremediablemente (el asunto ha sido arreglado
con psterioridad a la redacción de este artículo).
Diríase que el techo está formado por
unos paraguas en serie que, desde luego, tienen poco
que ver con el clima escasamente lluvioso de la capital
de España.
Lo más sorprendente
de los andenes lo deparan, sin embargo, unas marquesinas
de tres al cuarto que prolongan la estación en
la salida de los trenes (fotos 16 y 17). Uno diría
que esto es cosa de ingenieros y que semejante barbaridad
no se le podría ocurrir a un director de Harvard,
pero con desagrado descubre allí cierta unidad
estilística en las bases de los pilares, y luego,
en la revista A&V nº 36, pág. 44 (ilustración
d) lo corrobora con una imagen aérea del conjunto,
en la que esa marquesina, que desdice a la monumental,
forma también parte del proyecto de Moneo.
Saliendo a la ciudad
Hagamos por último el recorrido inverso; dejemos
el grandioso espacio de los paraguas cuadrados, ingresemos
en el espacio de suelo inclinado (fotos 18 y 19), acerquémonos
a los scalextric de escaleras y rampas peatonales y
busquemos una salida. No es fácil. Puede que
demos con el aparcamiento y sus gigantescas cubiertas
creyendo que volvemos de nuevo a la estación
(foto 20), puede que demos con la triste marquesina
enganchada al templo cilíndrico (foto 21), o
puede, finalmente, que nos fiemos de un cartelito hecho
de forma chapucera con una impresora matricial que nos
indica que en la calle Méndez Alvaro encontraremos
los taxis (foto 22). Se nos acabó el carrete
allí por culpa de fotografiar un mal encuentro
entre el edificio nuevo y la ampliación (foto
23) y no podemos ofrecer la triste imagen de ese callejón
hundido donde han metido a los taxis que llevarán
al viajero a la ciudad.
Así que volvemos
a la foto número 4 donde la ciudad parece prometerse
al otro lado de la explanada y más allá
de unas rampas faraónicas, que nos recuerdan
que el lugar Atocha fue un barranco mal conectado con
la ciudad que se ha quedado nuevamente hundido por culpa
de un arquitecto que se dedica a construir una y otra
vez su propio nombre olvidándose de los problemas
de la arquitectura y de la ciudad.
Nota:
el presente artículo fue redactado en el año
1995 y enviado a varias revistas de arquitectura y medios
de comunicación generales que desestimaron unánimemente
su publicación. Luego lo incluí en mi
libro de artículos Una Voz en un Lugar que, del
mismo modo, ninguna de las muchas editoriales a las
que se lo envié quiso publicar.
Cierto
que es un artículo duro y hasta panfletario,
con un arranque tomado directamente de las invectivas
de Thomas Bernhard que leía por entonces, y que
ahora, seguramente, no lo hubiera redactado así.
Si
lo hago público en este modesto medio que ahora
dirijo, no es por hacerme justicia (que eso no vale,
porque uno nunca puede hacerse justicia a sí
mismo) ni porque me ratifique en su estilo apocalíptico,
sino porque creo que la forma de hacer crítica
arquitectónica a base de fotos normales y de
observaciones normales, en vez de hacer esteticismo
fotográfico y palabrerío hueco, me parece
absolutamente saludable y cien por cien recomendable
para todos los que quieran hacer lo mismo y publicarlo
en estas páginas.
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[ilustración
a]

[ilustración
b]

[ilustración
c]

[ilustración
d]

[ilustración e]

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6]

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