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RUINAS,
PATRIMONIO Y TURISMO
por Juan Diez del Corral
Como a algunos amigos próximos
ya les he contado, los últimos años me
he organizado el veraneo estival familiar mediante el
sistema del intercambio de casas, y de ese modo he disfrutado
con calma de un par de prolongadas estancias en Gran
Bretaña: la primera en el año 1996 en
la región de Somerset, al sur de la ría
de Bristol, y la segunda en el 2000, en la ciudad de
Dumfries, en la parte meridional de Escocia.
A diferencia de un viaje turístico o temático,
los intercambios de casas te permiten ver la vida de
un país desde dentro, y no sólo en el
interior de sus casas, sino también en sus relaciones
vecinales, las compras o los tiempos de ocio y de fiestas.
Muchas cosas podría contar de todo lo experimentado
y aprendido a lo largo de estos años en casas
de Francia, Austria, Holanda, Gran Bretaña o
México, pero en concreto quisiera ocuparme hoy
de una serie de pequeñas excursiones a monasterios
y castillos que visitamos casi sin proponérnoslo,
y que por la forma en que están cuidados y presentados,
suelen pasar inadvertidos para el turista apresurado.
La razón o justificación de ponerme a
contar esta serie de visitas, tiene que ver directamente
con la tarea emprendida en La Rioja por la Asociación
de Amigos de los Castillos, que bajo los auspicios de
su presidente, coordinador y animador, Jesús
Pascual Vicente, ha compilado una extensa y detallada
documentación sobre una buena parte de las viejas
fortalezas riojanas, realizada, según dice el
título de la citada documentación, para
servir de soporte a un presunto Plan Director de Protección
que -se supone- alguna vez tendría que acometer
nuestra administración autonómica en el
entorno de alguna de sus consejerías.
He participado modestamente en la elaboración
de esa documentación, pero también conseguí
en cierta ocasión molestar al entusiasta coordinador
por la redacción de una columna en elhAll66 en
la que ponía alguna objeción a su empresa.
Y es que, frente a la idea de protección, o aún
peor, la de intervención, restauración
o rehabilitación, yo sólo avanzaba en
unas pocas líneas, seguramente confusas por la
ironía empleada, la forma en que este tipo de
patrimonio arquitectónico es entendido y tratado
en las Islas Británicas, por si aquí se
pudiera hacer algo parecido. Es por ello que extendiéndome
en la narración y no dejándola en los
apuntes caricaturescos, espero que lo que cuento no
sea entendido ahora como una molestia o una objeción
a otra empresa sino como una aportación al debate
sobre el futuro de nuestras ruinas.
Cleeve Abbey y Dunster Castle en Somerset.- En la estrecha
carretera de la aldea de Luxborough, donde teníamos
nuestra casa, y Minehead, que era una ciudad menor del
tamaño de Calahorra poco más o menos,
había una modesta indicación en color
marrón de algo llamado (no recuerdo bien) English
Heritage National Trust que señalaba la entrada
a las ruinas de una vieja abadía, poco más
allá de un pequeño aparcamiento de acceso
y servicio. Ocupados como estábamos en las excursiones
a Bath, a Stonehenge, a Salisbury o a Wells, pasamos
un montón de veces por delante de la señal
y de su parking sin intención de parar, aunque
siempre comentábamos la presencia de unos pocos
coches, cambiantes y diferentes, aparcados allí.
En los grandes monumentos que fuimos visitando por el
sur de Inglaterra nunca me ocupé de los patrocinadores
de su conservación arquitectónica y de
su explotación turística, así que
mi descubrimiento y primer encuentro con el Heritage
National Trust ocurrió en Dunster, otro pueblecito
más o menos del tamaño de Alberite, cercano
a nuestra aldea, que exhibía su castillo como
máxima atracción turística. La
conservación primorosa del castillo, en un perfecto
estado de habitabilidad, y la masiva presencia de turistas
con la fila correspondiente en la taquilla nos echó
para atrás; pero a cambio de su recorrido, presuntamente
aburrido, visitamos la estupenda tienda que había
a la entrada, donde se ofrecían no sólo
los típicos souvenirs turísticos, sino
también un buen número de publicaciones
y folletos de divulgación sobre el patrimonio
británico de castillos y abadías, que
por lo visto estaban bajo el amparo del tal National
Trust English Heritage, -o como se diga.
Por fin, en los últimos días de nuestra
estancia en Somerset, y en una tarde en la que regresábamos
pronto a casa, nuestro Volkswagen de Logroño
se juntó a la media docena de coches que ocupaban
el pequeño parking de la Cleeve Abbey. Disfrutamos
así de la contemplación de las ruinas
de una hermosa abadía cisterciense (fotos 1 a
3), en la que las dependencias conventuales estaban
casi intactas, mientras que la iglesia había
desaparecido totalmente, conservándose tan sólo
los cimientos de su planta, primorosamente presentados
sobre una verde alfombra de césped. En la caseta-taquilla
donde pagamos la entrada, me compré un librito-guía
sobre las abadías y prioratos ingleses, con el
que pude enterarme del origen de la ruina de tanto patrimonio
eclesiástico (el acta de disolución de
los monasterios de 1539 ordenado por Cromwell y Enrique
VIII) y del estado de conservación de todos ellos,
con la indicación de su actual propietario. Pude
ver así que el English Heritage era quien se
ocupaba directamente de la mayoría del patrimonio
en ruinas y que en el folleto de la entrada se invitaba
al visitante a hacerse socio de la organización,
con el típico (y tonto) reclamo de que... así
podrá entrar gratis a todos sus monumentos.
SweetHeart Abbey.- Con el librito de las abadías
bajo el brazo, cuatro años después visitamos
en Escocia, cerca de Dumfries, la Sweetheart Abbey,
(o abadía del dulce corazón) al cargo,
ahora, de la Historic Scotland National Trust, en la
que pudimos contemplar, sobre una alfombra de césped
verde, no ya primorosa, sino increíblemente perfecta,
un panorama inverso: las dependencias monásticas
desaparecidas, y las paredes y columnas de la iglesia
aún en pie, producto acaso de la diferente historia
en una y otra nación, pues el Acta de Enrique
VIII no afectó a la independiente Escocia de
entonces, y su estado de ruina procedía del siglo
XVIII.
Las fotos que enseño aquí (4, 5 y 6) son
bien elocuentes de la belleza de las ruinas y del estado
de conservación en que se encuentran, pero ahora
me lamento de no haberle hecho una foto al viejete que
segaba y prensaba el maravilloso césped de la
nave (poco a poco y entre descanso y descanso), o del
otro jubilado que nos atendió tan amablemente
en la entrada y taquilla, porque creo que ahí
radicaba uno de los secretos de la conservación
y cuidado de las ruinas o del buen recuerdo que guardamos
del lugar. Seguramente se trataba de gente mayor de
la zona que llenaba el vacío tiempo de su jubilación
laboral con un servicio a la historia y al turismo cultural,
verdaderamente encomiable.
Caerlaverock Castle.- Sin libro alguno bajo el brazo,
y con una simple indicación sobre el mapa, visitamos
un buen día del mismo verano escocés del
2000, las ruinas del castillo de Caerlaverock, escenario
al parecer de una batalla entre ingleses y escoceses
acaecida en el 1300. Su emplazamiento en medio de un
bosque cercano ya a las marismas del Solway Firth presagiaban
una tranquila visita pero, para nuestra sorpresa, las
grandes campas en torno al castillo estaban llenas de
una febril actividad por los preparativos de una fiesta
conmemorativa de los setecientos años de la batalla
mencionada. En el amplio espacio por el que iban y venían
los que construían una empalizada de madera en
torno al castillo y una serie de tiendas de campaña
para decorar el habitat de la contienda, había
una pequeña caseta del Historic National Scotland
Trust donde se pagaba la entrada (si es que no querías
escaquearte), y hacías tus compras de recuerdos
(yo compré obviamente una reproducción
pequeñita del castillo para la colección
de mi madre). En torno a dicha caseta se ubicaba, cómo
no, un grupo de mesas y bancos en los que poder almorzar
familiarmente con el económico sistema del pic-nic.
A pesar del trasiego de los preparativos con peleas
de espadas y pruebas del lanzamiento de las catapultas,
nosotros hicimos nuestro recorrido, nuestros dibujos
y fotos con total tranquilidad y por supuesto, repetimos
visita al castillo el día de la batalla, para
reírnos a gusto con una fiesta conmemorativa
en la que los avances de los soldados ingleses eran
silbados y abucheados por el público escocés,
mientras que las bravuconadas de sus paisanos disparaban
el júbilo popular. Algo así como la celebración
anual del frustrado robo de los santos en Arnedo (fotos
7, 8, 9 y 10) .
Tres castillos habitados.- Sobre la misma pista del
Historic Scotland cursamos visita a otros tres castillos
completamente diferentes pues, lejos de la ruina, estaban
perfectamente habitables como residencias palaciegas,
o visitables, como monumentos turísticos. La
novedad era que, en todos los casos, había por
medio interesantes asuntos de propiedad.
El castillo de Drumlanrig, al norte de Dumfries, alberga
una pequeña colección de pintura en la
que, nada más y nada menos que hay un Rembrandt,
un Hans Holbein y un Leonardo da Vinci. Durante la visita
de las más variadas dependencias, de repente
pasabas por unas estancias acordonadas en las que había
objetos de la vida cotidiana actual como un periódico
de ayer, una cajetilla de tabaco con mechero, una televisión
o fotos familiares de los hijos en el colegio.... Ante
la cara de sorpresa que se me puso, el guía de
la visita (obligatorio en este caso) me explicó
que los señores del castillo seguían habitando
esta zona del palacio tras el cierre del horario de
visitas del Historic Scotland (¡!!!!) .
Lamentablemente el folleto explicativo que compré
no traía más que las consabidas explicaciones
de arte y no contaba nada de lo más interesante
de este palacio, esto es, el actual convenio entre la
institución pública y la propiedad privada.
En pleno verano paseamos en soledad por los espléndidos
jardines del castillo como si fueran nuestros y por
supuesto, también hicimos pic-nic en la zona
reservada al efecto, aunque esta vez con la egregia
compañía de un pavo real (fotos 11, 12,
13, y 14)
La visita al Culzean Castle (pronúnciese más
o menos como "calín casel" !!!) tenía
como ingrediente arquitectónico de primera magnitud
la contemplación de la escalera oval que Robert
Adam construyera en el último cuarto del siglo
XVIII. La inclusión (casi intrusismo) de la pieza
neoclásica dentro del pintoresco y variado conjunto
militar y palaciego es una excentricidad que no decepciona
en modo alguno, pero más sorprendente aún,
y hasta excéntrica, es la propia historia de
la propiedad del castillo en la segunda mitad del siglo
XX. Afortunadamente, el folleto explicativo es en este
caso verdaderamente explícito, y además
de que pude descubrir en él, que el National
Trust for Scotland fue fundado en 1931, que no es una
institución gubernamental, que funciona con las
aportaciones de sus miembros socios (que son casi un
cuarto de millón de personas), y de leer finalmente
el ruego de que nos hagamos socios, pude maravillarme
con la narración de que en 1956, el heredero
y propietario de la larga familia nobiliaria que lo
poseyera desde mediados del dieciocho, lo donó
al National Trust for Scotland, y ¡más
bonito aún!, que en dicha donación, la
familia propietaria pidió al National Trust que
una parte habitable del castillo le fuera cedida al
general Eisenhower mientras viviera, en muestra de la
gratitud de los escoceses al comandante en jefe de las
fuerzas aliadas en Europa durante la Segunda Guerra
Mundial (!!!)
El general sólo vino por el castillo en un par
de ocasiones, pero sus recuerdos y sus fotografías
han quedado para siempre ligadas con particular emoción
a un par de habitaciones que se visitan en el tour interior
del mismo. Curioso ¿verdad? Es como si el castillo
hubiera revivido hace cuatro días con una historia
de caballerosidad. Nada más propio.
Bueno, ni que decir tiene que los paseos y jardines
del castillo son deliciosos, que los disfrutamos muy
a gusto a pesar de que los vimos entre más gente
que los del Drumlanrig, y que finalmente también
hicimos pic nic en la amplia zona reservada para ello
(fotos 15,16 y 17)
Por último, el castillo de Stirling (nombre muy
evocador para la arquitectura de la segunda mitad del
siglo XX por llevarlo de apellido el gordo James) tenía
una aspecto tan rehabilitado para el turismo que, como
cuatro años atrás en el de Dunster, rehusé
entrar pues en la espléndida tarde en que lo
visitamos, nos pareció mucho más interesante
quedarse en la plaza de armas exterior, contemplando
el famoso monumento a Wallace sobre un fondo bellísimo
de verdes colinas bañadas por el sol. En todo
caso, para documentar la contemplación superficial,
también me compré el folletillo del castillo
en la tienda del Historic Scotland, descubriendo que
la fortaleza había sido cuartel hasta 1964, y
que... si te hacías socio del Historic Scotland,
la entrada a los monumentos del English Heritage, del
Welsh Cadw (su versión en Gales) y del Manx National
(el de la isla de Man) te sería semigratuita
en el primer año y gratuita a partir del segundo.
En premio a mi decisión de no entrar y para animarnos
aún más si cabe la tarde, apareció
por la plaza, desde donde hacíamos nuestra particular
visita al castillo de Stirling, nada menos que una banda
de gaiteros de la localidad, evocando con sus aires
marciales y sus tonadas, los aspectos más plásticos
y poéticos de la belicosidad militar. No supe
bien si era un regalo del municipio, un show diario
organizado por el Trust o simplemente un divertido ensayo
de una banda de lugareños, pero en todo caso,
me pareció de lo más propio ese paseíllo
suyo vespertino por la plaza del castillo (fotos 18
y 19).
Urquhart Castle.- No todas las visitas a castillos habitados
o en ruinas fueron tan memorables como las mencionadas.
Llevados por todo tipo de guías y suplementos
semanales turísticos a las orillas del famoso
Lago Ness, no pudimos sustraernos a la tentación
de dejar el coche en el único y atestado aparcamiento
que había en todo el lago, punto de referencia
para la visita de las ruinas del Urquhart Castle, poblado
en el momento de nuestra llegada por no menos de quinientos
turistas. El lugar era bonito, desde luego, y las ruinas
evocadoras, pero la visita mejor olvidarla (fotos 20
y 21).
Threave Castle.- Para no dejar con mal sabor de boca
al lector de nuestro recorrido por las ruinas de abadías
y castillos británicos (recorrido que como expondré
pronto no quiere ser sino un listado de razones para
pensar sobre los nuestros), traigo por último
la visita que hicimos una buena tarde al menos monumental
de todos ellos, el Threave Castle, al oeste de Dumfries,
porque a pesar de ser modesto se convirtió para
nosotros en el más memorable a causa de una serie
de pintorescos detalles que jalonaban su visita.
El pequeño aparcamiento habilitado para dejar
el coche, estaba en esta ocasión bastante lejos
del castillo, a casi una milla, por lo que el paseo
por el largo y estrecho sendero entre el parking y el
castillo, desde el que se podía contemplar a
las ovejas pastando dispersas (¡qué diferentes
de nuestros rebaños en masa!), o en el que descubrimos
un ingenioso mecanismo del cierre de las puertas de
los pastos, incrementó no poco el deleite del
recorrido. Con todo, la sorpresa estaba al final, porque
el castillo estaba emplazado en el pequeño islote
de un río no muy caudaloso pero imposible de
cruzar, por lo que para llegar hasta él se precisaba
de la ayuda de un barquero. Y como no podía ser
menos, allí estaba un simpático viejecillo,
no sé si jubilado o voluntario del Trust famoso,
ataviado con su chaleco escocés, dispuesto a
llevarnos a la otra orilla, y a contarnos alguna aventura
del castillo. Ni que decir tiene que la estancia en
el islote, dibujando las ruinas del Threave Castle,
fue de ensueño.
De regreso -esta vez sí-, le pedí al barquero
que posara para una foto "histórica"
de tan hermoso lugar, y para disfrutar de su éxito
y popularidad les regaló a mis chicas un nuevo
paseo en barca por el río (lástima que
la foto saliera a contraluz) bromeando un simulado secuestro
(fotos 22, 23, 24, 25 y 26)
De regreso a Logroño.- Como he señalado
al principio, este tipo de veraneos y de excursiones
tiene mucho que ver con una estancia tranquila y prolongada
que, en nuestro caso, conseguimos con el sistema del
intercambio de casas. De regreso a Logroño, aún
coincidimos unos días con la familia de escoceses
que nos había dejado su casa en Dumfries, y charlando
sobre lo que cada uno había visitado en el territorio
del otro, nos contaron con extrañeza que al cruzar
la Rioja y ver el magnífico emplazamiento del
castillo de Davalillo se acercaron hasta él,
llevándose la desagradable sorpresa de que, no
es que estuviera en ruinas (que eso ya se lo imaginaban
o lo esperaban) sino que estaba completamente abandonado
y hasta en peligro de desmoronarse, sin nadie que lo
cuidara ni lo enseñase o recaudase una pequeña
cantidad de entrada para su mantenimiento.
Como por suerte no eran aficionados a la arquitectura
ni a la historia, no escudriñaron mucho más
en nuestras ruinas, porque de haber visto el estado
del monasterio de San Prudencio, o el del castillo de
Jubera, o el de Hervías, o el de Anguciana, etc
etc, más que sorpresa y desagrado, se habrían
llevado una imagen penosa y lamentable, ¡y muy
completa!, de nuestra forma de tratar la historia y
el patrimonio público.
Y digo patrimonio público porque aunque buena
parte de estos castillos estén aún en
manos privadas, me gustaría en principio trazar
una línea de separación entre este patrimonio
colectivo en ruinas, en el que apenas se invierte nada
de los dineros públicos (para empezar, comprándolos
o expropiándolos), y ese otro patrimonio también
histórico pero de propiedad eclesiástica
al que van a parar la mayor parte de los dineros públicos
destinados a conservación del patrimonio y cuya
propiedad, uso y disfrute está siempre en manos
de la institución religiosa que los detenta.
Va siendo hora de llamar la atención sobre esta
importante cuestión, porque cada vez es más
difícil visitar una iglesia o una ermita en nuestra
región fuera de las horas de sus liturgias.
Y ya puestos sobre el asunto de la propiedad de los
bienes de valor histórico y del dinero público
que hay que dedicar a ellos, vamos a tratar de ordenar,
en relación a las experiencias aquí contadas,
las posibles ideas sobre nuestras ruinas y su disfrute
turístico.
La institución y la propiedad.- Por mucho que
el English Heritage o el Historic Scotland se proclamen
instituciones no gubernamentales, no me creo yo que
tan amplio patrimonio y tan complicada y delicada gestión
se puedan llevar desde una asociación privada
sin animo de lucro. Seguro que hay generosas inyecciones
de dinero público y meticulosas supervisiones
de la gestión. Eso sí, de lo que estoy
seguro es que una gestión tan buena del patrimonio
histórico como la que puede verse en Gran Bretaña,
no se podría llevar desde ninguna institución
pública como las que aquí tenemos.
No soy experto en el tema de las "fundaciones"
o las sociedades semipúblicas, pero si se constituyen
para dinamizar cualquier empresa urbanística,
como la del soterramiento del ferrocarril por ejemplo
¿por qué no hacer una para gestionar nuestro
patrimonio?
Lo escaso que sé de la Asociación de Amigos
de los Castillos es que poco o nada puede hacer por
los castillos excepto llamar a las puertas o a las conciencias.
Y, en su actual estructura, con el estudio documental
supongo que ya ha tocado techo. Pero eso no quiere decir
que no pueda ser el germen de algo mucho más
ambicioso. Sobre todo porque, como decía en la
columna que incomodó a Jesús, nunca podrá
dársele mejor sentido a las ruinas de unos castillos
que la de emprender nuevas luchas desde ellas.
Pero por mencionar un dato significativo de ese trabajo
documental, nótese que muchos de los redactores
de los planos e informes ni si quiera han reparado o
han dejado constancia del tema de la propiedad de los
castillos. Sin ir mas lejos, en el propio informe firmado
por Jesús Pascual se pasa por alto el significativo
dato de que el Castillo de Davalillo es del Marqués
de Riscal, es decir, de esas bodegas que mientras se
están gastando un dineral en la cagarruta de
hierros que les ha proyectado Frank O. Gerhy para sus
instalaciones en Elciego, dejan que las piedras de nuestro
pasado colectivo se vengan abajo con la mayor de las
desidias. Así que, ante un abandono como ese,
hay que lanzarse al ataque, hay que conquistar ese castillo
para La Rioja. Hay que comprarlo, o si no se deja, expropiarlo.
Y así muchos otros.
Pero para que eso se pueda llevar a cabo, hace falta
una institución fuerte y unas ideas claras de
actuación. Aunque lo hiciéramos con setenta
años de retraso respecto a Escocia, no deberíamos
esperar más para la creación de un "Historic
Rioja", siempre y cuando se hiciera sobre las bases
de un tipo de intervención arquitectónica
y turística previamente debatidas y consensuadas.
El patrimonio histórico riojano.- Respecto a
los bienes que podrían pertenecer a la "Rioja
histórica" lo mas fácil es empezar
con las ruinas por haber perdido el uso para el que
fueron creadas. Por supuesto, estarían entre
ellos casi todos los castillos abandonados, pero también
un buen número de conventos y ermitas en ruinas,
puentes en desuso y hasta pueblos enteros deshabitados.
El listado es inmenso, pero sin jurisdicción
legal sobre ellos no hay nada que hacer. Así
que esa es la primera tarea.
En una segunda fase cabría hablar sobre aquellos
edificios cuya propiedad sea difícil de rescatar.
Ahí empezarían las negociaciones tipo
Drumlanrig para que ese patrimonio no pueda ser alterado
alegremente por sus propietarios, y para crear algún
régimen de disfrute colectivo. Es el caso del
patrimonio de la Iglesia católica, por ejemplo.
Hay que dejar claro que si seguimos dando dineros públicos
para la reparación y mantenimiento, de sus templos
debe de haber alguna contrapartida para toda la colectividad.
Un reconocimiento expreso a la entrada y un horario
mínimo de visitas, cuando menos.
El tipo de intervención.- Las múltiples
Jornadas del Patrimonio que se van realizando bianualmente
en La Rioja nos han enseñado ya muchas cosas
sobre la materia, y sobre todo, lo que no hay que hacer,
esto es: usar el patrimonio histórico para el
lucimiento personal de los arquitectos modernos. Nada
de hierritos, hormigones, farolitas y diálogos
estúpidos e imposibles con la ruina. Las ruinas
no dialogan. Son arquitecturas muertas y deben ser contempladas
tal cual son. El ejemplo británico de intervención
no ofrece dudas al respecto: proteger las ruinas del
deterioro y acondicionar su entorno.
No tenemos las condiciones climatológicas para
esos magníficos suelos de césped, pero
tenemos un excelente y sencillo suelo de albero a nuestra
disposición. Lo que no cabe es inventarse empedrados,
o adoquinar explanadas (que algunas ya se han hecho
por aquí...).
Las intervenciones nuevas han de ceñirse a unos
pocos aspectos como la señalización de
los límites de propiedad, la creación
del parking de recepción, la caseta de venta
de entradas y souvenirs, los caminos y senderos o la
zona de pic-nic (¡que no falte!). Parece una tontada,
pero dejadas estas cosas tan sencillas en manos de un
arquitecto "creativo" y con pretensiones "artísticas",
el resultado puede ser catastrófico. El cuidado
en la discreción del diseño de este tipo
de elementos accesorios es fundamental. En todos los
castillos que visité en Gran Bretaña,
jamás vi un parking tan caro, pretencioso y lamentable
como el que he visto construir aquí en San Millán.
Ojo a estas cosas tan "sencillas". Deberían
dejarse bien claras en los estatutos de constitución
de la "Rioja Histórica".
El cuidado y mantenimiento.- Desde que nuestra activísima
compañera arquitecta de Alfaro, Aranzazu Vallejo,
está en la Consejería de Turismo, me harto
de recortar páginas de La Rioja con los proyectos
que impulsa para traer turistas a nuestra región.
Conseguido un Patrimonio de la Humanidad, ya se va a
por otro, y si no, allá van rutas del vino sin
rutas, caminos de la lengua sin kilometraje, dinosaurios
de cartón piedra por los montes o buques insignia
del turismo congresual. Todo de calidad y sostenible,
faltaría más.
El turismo es cosa buena, y no voy a ser yo quien diga
lo contrario -que me paso la vida haciendo turismo...
Nada como hacer turismo para aprender, relacionar y
fijar conocimientos en la memoria. Pero de ahí
a entender el turismo como una industria, hay un abismo.
Es cosa tan perversa como entender la educación
como un negocio..., o la arquitectura, o la sanidad,
o todo saber ilustrado y universal.
La historia no es sagrada, pero es tan rica o más
que la geografía. Son fuentes inagotables para
nuestra curiosidad, y la curiosidad es de las cosas
que más vivos nos mantienen. Perdida la curiosidad,
adiós muy buenas. El turismo debe de atender
y fomentar la curiosidad de las gentes. Y si eso deja
dinero, pues muy bien, pero eso ha de ir en segundo
lugar.
Por eso que los bienes de la Rioja Histórica
no deben ser gestionados desde la necesidad o desde
la rentabilidad sino desde el honor. Ha de ser un honor
ser socio de una institución como la Rioja Histórica,
como es un honor para cualquiera de los riojanos el
enseñar nuestros montes (por lo menos los pocos
que nos van a quedar sin molinillos), nuestros ríos,
nuestros monumentos, nuestras calles de bares (hasta
que llegue Heron City) o nuestras ruinas.
Todos los empleados (¡absolutamente todos!) que
nos facilitaron el acceso o nos enseñaron las
ruinas británicas lo hicieron siempre con una
sonrisa en la cara, signo inequívoco de la seguridad
que da saber que lo que hacían era algo noble.
Muchos de ellos, como ya he dejado señalado,
eran jubilados, y los más jóvenes con
que nos topamos, es probable que fueran estudiantes
en vacaciones. No digo que no obtuvieran alguna compensación
económica por su dedicación, pero de lo
que estoy seguro es que la generosidad y alegría
que siempre nos mostraron, no tenía nada que
ver con la paga que pudieran recibir. En estos tiempos
escasos de rasgos de nobleza, enseñar lo que
se tiene es uno de ellos. Por ello que el cuidado y
mantenimiento del patrimonio histórico no debe
dejarse más que en manos de quien profese amor
por ellos. Como en el caso del famoso Tarsicio de San
Millán de Suso, por ejemplo.
Y por eso, la edición de folletos turísticos
debe de hacerse también con el más exquisito
de los cuidados. ¡Nada de confiarlos a agencias
de publicidad que digan que si te haces socio tendrás
descuento en las entradas! Ahí si que los ingleses
metían la pata más de una vez.
Tampoco estaban sus tiendecitas libres de souvenirs
más o menos kitch, pero en fin, lo importante
es que sin llegar al folclore que rodea las ruinas aztecas,
-por poner un ejemplo atosigante que recientemente he
visitado-, se puede dar vida a cierto tipo de artesanías
asociadas con la historia. Las maquetas de las ruinas,
los cuentos para niños, los libros de canciones,
las postales, etc, etc., no hacen mal a nadie si se
saben controlar de vez en cuando, y mantienen cierto
rigor en los datos y el diseño.
¿Es mucho todo esto para una región pequeña
como la nuestra? En absoluto. El modelo ya está
ahí para ser copiado y adaptado a nuestras circunstancias
y estoy seguro que seríamos un ejemplo para el
resto del país. Todo es cuestión de que
la administración autonómica recobre un
poco de sensatez y deje de hacerse publicidad en los
periódicos, y que las gentes de sangre noble
se enfunden en la cota de malla, se coloquen el yelmo
y se ciñan la espada. O como decía más
o menos con otras palabras nuestro presidente de la
Asociación de Amigos de los Castillos Jesús
Pascual en la columna de elhAll75 con la que celebraba
la conclusión del trabajo documental de los castillos
de La Rioja: que nuevos don Quijotes ilustrados cabalguen
las ruinas de nuestro pasado y la geografía de
nuestro presente.
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